En estos tiempos convulsos en los que nos ha tocado deambular por este mundo, a veces los acontecimientos superan de tal forma nuestra capacidad de encajarlos y sobrellevarlos, que perdemos las referencias que cada uno nos damos para lidiar, de la mejor manera que podamos, con todo lo que nos acosa y nos rodea.
La vida es breve y, a menudo, injusta. Nos afanamos en conseguir metas que, la mayoría de las veces, concentran todos nuestros esfuerzos y perturban nuestra percepción de las cosas que de verdad deberían importarnos. Por eso, creo yo, y ante lo efímero de nuestra existencia y la gigantesca incógnita que esta conlleva, cada uno parcheamos estas dudas de manera diferente.
Los que somos poco dados a pensar que acabaremos siendo algo más que abono y que volveremos a la tierra de donde procedemos, de vez en cuando nos reconforta imaginar que toda esta sinrazón debe tener algún recoveco oculto. Un lugar que algunos suelen llamar paraíso, donde algunos elegidos continúan una metafísica presencia que nos arropa en los momentos más gélidos.
A mí personalmente, me gusta mucho fabular con Zihuatanejo. En una hermosa película «Cadena Perpetua» Andy, el magistral Tim Robbins, reo inocente de un delito no cometido, concentra todos sus esfuerzos en evadirse de la prisión y conseguir llegar a ese lugar a orillas del Pacífico, donde el cielo es azul turquesa y el agua verde esmeralda. Allí, en la blanca arena de la playa, reparará una pequeña barca de pescadores y esperará la llegada de su amigo Red, un maravilloso Morgan Freeman, que en los momentos de más desesperación de su cautiverio le ayudó a reconciliarse con la vida.
Hace unos días nos ha dejado Isidoro Mora, un hombre bueno. A la mayoría de ustedes no les sonará de nada, pero era mi amigo. Un luchador desde los trece años que abandonó su casa para labrarse un porvenir, y a fé mía que lo consiguió. Ha sido una de las personas más dignas y honestas que he tenido el privilegio de conocer, hasta en el doloroso trance de su muerte.
En la playa de Zihuatanejo, junto a la barca que cepillan eternamente Andy y Red, frente al hotelito de turistas extraños que han construido, estará Isidoro sentado en una banqueta de madera esperándome. Y cuando llegue, me sentaré con él, encenderemos un cigarrillo, hablaremos de los hijos y se le iluminaran los ojos como siempre que los nombraba. Y nos reiremos, me regalará otra vez esa risa cachazuda y por lo bajini tan suya.
Estoy deseando volver a verlo, a él y a mi madre.
In memoriam. Claudio
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