Suena el despertador: las ocho, «venga hijo que hay que ir a la escuela». Desayuno, a ponerse la ropa, bien abrigadito, a la calle y al coche, a su habitáculo inmunizado, insonorizado, «descontaminado», protegido de no sabemos qué..., aislado.
«Desde su pequeño mundo», a través del cristal ve a otros niños. Ríen, juegan, saltan, se empujan, charlan, se agarran; alguno incluso tiene la osadía de pisar algún charco que se encuentra en su camino: «mamá, mamá, por qué esos niños van andando a la escuela, por qué ríen, por qué juegan, por qué se abrazan, por qué se empujan, por qué».
«Pero mamá, ¿es que son niños malos?, ¿es que sus papas nos les quieren y les dejan ir andando al cole para que les pase algo?, ¿es que no deben ir protegidos, escoltados, aislados, y apartados del mundanal ruido como yo?, ¿es que a ellos no les pasa nada por ir andando y a mi si?».
«No te preocupes hijo, ellos no son como tú, son niños como los de antes, con padres como los de antes, con costumbres como las de antes»; «tú no, tú eres especial, tú vienes conmigo, para que yo te proteja, para que yo te cuide, para que yo te controle».
Y llegamos a las inmediaciones, se empiezan a vislumbrar vehículos, m
uchos vehículos, con muchos niños en su interior, protegidos, guardados… y aglomeraciones, muchas aglomeraciones, coches por aquí, coches por allá; encima de la acera, en doble fila, en el paso de peatones, en mitad de la calle (casi llego a contarlos un día: por cada niño un coche, «ole la crisis»). ¿Y los niños?, a quien te refieres, ¿a los de antes?, ¿a los de a pie?, ¡pues como pueden!: sorteando coches, corriendo entre ellos para cruzar, bajándose a la calzada porque la acera esta llena... riendo, jugando, mezclándose, socializándose, comunicándose, viviendo su edad. Los otros, en sus blindados, cerrados, aislados, protegidos, custodiados, amparados, esperando que de la hora para entrar directamente a la clase.
Que descontrol, que situación, «cuidao pa no controlar esto», «ya esta bien» . «¿Pero quien se queja?», dice uno que pasa por allí, «No, no, si el que se está quejando es el que ha venido en coche a traer a su niño, y lo tiene allí, en doble fila, el que menos tenía que hablar».
Porque nos empeñamos en hacer diferentes a nuestros hijos, ¿es que ya no nos acordamos de cuando nosotros lo éramos?; ¿tan mal lo hicieron nuestros padres?, ¿es que ya se están perdiendo todas las buenas costumbres, valores y arraigos que teníamos?.
No os parece que estamos haciendo personas muy dependientes, con falta de autonomía, de confianza en si mismos, sobreprotegidos, sin iniciativa propia, con falta de habilidades sociales tan básicas como la comunicación, la participación, el ser asertivos. Permitámosles que se realicen, que crezcan con sus iguales, que se comuniquen, que empaticen. Que se lleven satisfacciones y fracasos; que tengan ilusiones y frustraciones; que obtengan lo que se merecen y lo que no, no… que vivan la realidad del mundo en el que están. Dejémosles que vayan juntos a la escuela (nosotros podemos ir igual, pero sin pretender ser sus guardaespaldas), dejémosles que disfruten de su infancia, que se empujen, que rían, que se mezclen, que se diviertan, que se agarren, que pisen algún charco, o el carámbano, que... ¡Y dejar los coches en casa coño, que luego nos quejamos de que se anda mal por Navalmoral!
Las personas somos los únicos animales que tenemos la capacidad de comunicarnos, entendernos, discrepar, expresar nuestros sentimientos, ¿Por qué? porque somos seres sociables que necesitamos de los otros para desarrollarnos como personas, si no, pues eso, seriamos animales viviendo en manada sin otro menester.
© capitantrueno
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