martes, 12 de mayo de 2009

LIBROS, LIBROS, LIBROS…

Salieron revoloteando con sus alas de papel albor ahuesado, de cien gramos. Algunos, un año entero durmiendo en el estante su intriga, su conocimiento, su pasión, su historia. Salieron con alborozo a sabiendas de que muchos volverían al mismo sitio después de abrirles por las páginas de atrás. Sus pálpitos llegan a pocos, pero la paciencia que les imprimieron sus creadores es sólo un placebo que les hace olvidar, al menos, su fin, su indiferencia, su muerte. Porque saben, la inmensa mayoría, que la ausencia de un catálogo es una esquela temporal de muerte.

Algunas veces salen de la mano de sus autores, y es entonces cuando advierten la aspereza del invierno. No ocurre en todas partes, ni mucho menos, también lo saben. Es por eso que no pierden la indulgencia, ni siquiera con quienes les atrapan en sus manos, un momento, como si fueran zapatos. Pero les cuesta entender algo: la falta de curiosidad por el escritor novel que ha conseguido enhebrar casi doscientas páginas dignas de una edición, y al que reciben apenas doce personas; o por el escritor sufrido en cuentos, artículos, ensayos, con el que Pilatos deja incluso de lavarse las manos, al que reciben cuatro.

Así fue como volvieron los libros a sus estantes aleteando cansados de no ser nada.

Entonces, en el recuerdo, aparece un epílogo que habla de la Historia de la literatura, en «Diez razones para estar en contra de la Perestroika», de Pilar Galán. Entre líneas, leer: ¿De qué me sirvió? Quien lo probó, lo sabe.



Alba Romero

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