El Código Penal es una Constitución negativa. Sus mandatos son de prohibición y la quiebra de sus normas se castiga privando de libertad al condenado. Sin duda se trata de una potente herramienta política, y es el legislador ordinario el que decide qué hechos deben reprocharse -y hasta qué medida cabe el reproche- aplicando este gris código, y cuáles no.
Desde hace décadas las sociedades más civilizadas pugnan denodadamente para confinar la elevada mortandad con la que Las Tres Ces (cáncer, corazón y carretera), se enseñorean diariamente, arrostrándonos las debilidades que nos caracterizan como pueblo opulento. Ese funesto indicador, esa lúgubre tasa, señala que nuestra sociedad no está sana. Es un aviso. Otro más.
El primer fin de semana de este mes florido, la carretera dejó una trágica efeméride. A la altura del kilómetro 3 de la carretera de Valdehúncar, uno de nuestros vecinos fue atropellado. Ese preciso punto de la calzada mostrará, hasta deslavazarse por el paso del tiempo, una gran amapola, cuyo color se amortiguará mientras que el dolor perdurará siempre. Porque se producirá la más asombrosa de las paradojas: ya no seguirá entre nosotros y, sin embargo, no dejará de estar siempre en todos los suyos, y junto a quienes le conocían. Y esto es así porque la pérdida de un ser querido hace que sintamos un vacío en nosotros que no puede ser restituido, ni reparado, ni colmado, ni ocupado por otro. Ni por otro, ni por nadie. Es una parte de nosotros. Por eso, con él nos vamos y con nosotros queda.
Pero ante la sensación de vacío y náusea, ningún consuelo ofrece la ley humana. Es imperfecta, pues aunque se duplicaran las penas de hasta cuatro años de prisión que pueden imponerse por dejar de socorrer a quien lesionaste en un accidente y fueran cumulativas a los otros cuatro a los que puede ser condenado por homicidio con imprudencia; jamás consolará la pena que asola a la familia.
Porque ya nada cambiará los hechos.
La tragedia griega, esa que cantaron los vates sobre la vida y muerte de los hombres, enseñaba ya de antiguo la existencia de ese enorme vacío. También de los férreos lazos que se anudan invisibles a lugares y ata a las personas desde entonces, anudadas por una pesada pena. Esta amapola no debiera haber florecido nunca.
por JAV
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